domingo, 29 de octubre de 2017

ALEJANDRO Y LO RURAL

En su libro El cazador de luciérnagas (1996), Alejandro López Andrada escribe este poema sin título:


Había un tren
que llegaba a la ciudad,
una canción de plomo,
un largo entierro
de palomas y moreras silenciosas
que, en el otoño, el aire deshojaba.
Aún lo recuerdas:
oscureciendo el sol,
se cerraba la noche en los postigos
de las casas. Humildes,
solitarias,
las lechuzas ardían sobre el tiempo.


Hay en la poesía de Alejandro López Andrada varias constantes. Quizás la principal sea la presencia reiterada del mundo rural, un mundo ya casi perdido en estos tiempos de prisas y nuevas tecnologías. El “progreso” ya llegó hace décadas, como ese tren que llega a la ciudad en el poema, ese tren pesado como una canción de plomo que enterraba largamente a palomas y moreras silenciosas y deshojaba al otoño. Esa modernidad, ese tren estruendoso, ha ido enterrando poco a poco lo sencillo, lo natural, y en muchas ocasiones nos ha hecho olvidarnos de nuestra esencia como seres humanos y de nuestras raíces. Sin embargo, en los versos de Alejandro se rememora una infancia feliz, una infancia evocadora de un tiempo pasado que, si bien no fue más próspero, sí parece al menos más humano a pesar de (o debido a) aquella precariedad emparentada a la humildad y la necesidad de ayuda mutua.

Y es que otra de las constantes en la poesía de Alejandro es la melancolía, la añoranza de esa patria de la infancia. Pero no una infancia cualquiera, sino una infancia humilde y solitaria, una infancia básica y sencilla que, sin transmitir una idea de plena felicidad, sí que resulta reconfortante. Sus versos frecuentemente nos hacen sentirnos en el paisaje agreste del valle de los Pedroches, disfrutando de los pequeños detalles con que nos obsequia la naturaleza, cuando nada importaba más que un desfile de hormigas o el canto de un pájaro.

Vivimos en un mundo acelerado, un mundo en el que confundimos la felicidad con el consumo frenético, la posesión de bienes materiales y la acumulación de “riqueza”. Tal vez debiéramos volver a esa humildad, a esos postigos que se cerraban por la noche y daban paso a lechuzas ardiendo sobre el tiempo. Tal vez así, respetando los ritmos de la naturaleza y deleitándonos en ella, pudiéramos ser un poco más felices.

No hay comentarios:

Publicar un comentario