domingo, 17 de septiembre de 2017

LA TINTA QUE SOMOS

        Hoy voy a escribir acerca de un poeta español. Su nombre es David González. Tiene el pelo largo y rizado. Hasta aquí, podría ser yo mismo. Pero no. El poeta del que voy a hablar tiene una trayectoria de más de veinte años, lo cual ya me descarta, a mí que apenas estoy empezando en esto de la poesía. Hablo de David González, ese poeta asturiano considerado ya un escritor de culto, un poeta maldito en nuestro país. Me refiero a ese poeta que escribe con los puños en lugar de con las manos. El que solo utiliza los dos puntos como único signo de puntuación. De ese David González es del que voy a escribir.

      Debido a la coincidencia que tenemos en nombre y primer apellido, en más de una ocasión me han preguntado si algún poema suyo era mío (o viceversa). Al margen de lo anecdótico, pienso que ante este tipo de coincidencias uno puede huir o caminar a su encuentro. Yo elijo la segunda opción. Por eso, entre otras cosas, he decidido escribir sobre uno de los primeros poemas que leí de David González: “Tinta”.

   
       TINTA

       mi otro abuelo
       estuvo preso en vetusta
       en la cárcel
       provincial
       después de la guerra:

       todas las mañanas
       colgaban una lista
       en la puerta de entrada de la cárcel:
       en esa lista estaban escritos
       los nombres y apellidos
       de todas las personas
       a las que el día anterior
       habían puesto contra el paredón
o     dado muerte
       mediante garrote vil:

       imagínate a tu abuela
       me decía mi padre
       conmigo en brazos
       preguntando a gritos
       a las otras mujeres
       si tu abuelo
       se había convertido
       en tinta:

            Esto, más que un poema, es un puñetazo. Un puñetazo en la boca del estómago. Un puñetazo en la cara. Un golpe sobre la mesa para dejar las cosas claras de una vez por todas. Estos versos, esta tinta, ponen ante nuestras narices una realidad incómoda, una realidad desagradable pero que existió en nuestro país. Y las manchas de esta tinta aún no se han borrado del todo.

      Muchos de nuestros abuelos se convirtieron -o pudieron haberse convertido- en tinta. Y ese dolor aún duele, aunque durante muchos años se haya mirado hacia otro lado. Muchas abuelas tuvieron que preguntar a gritos estas cosas. Y lo preguntaban porque no sabían leer ni escribir. ¿Cómo iban a tener dinero y tiempo para aprender a hacerlo, si apenas tenían un trozo de pan que echarse a la boca? Quizás muchos de nuestros abuelos y abuelas no murieron en la guerra, no se convirtieron en tinta, pero sus vidas quedaron truncadas, desplazadas, como las conjunciones y/o en los poemas de David González. Y esa realidad, aunque incómoda, es la que nos retrata el poeta asturiano desde un hiperrealismo digno de Antonio López. Solo si analizamos así la realidad, sin maquillaje, podremos avanzar hacia un futuro mejor. De lo contrario, seguiremos sin superar esa vieja y dolorosa división entre los que se convirtieron en tinta (o pudieron haberlo hecho) y los que escribían sus nombres en las puertas de las cárceles.

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