jueves, 31 de agosto de 2017

SARAMAGO EN SUS POEMAS



En 2009, un año antes de su triste desaparición, José Saramago afirmaba lo siguiente:

“Mi poesía es poesía de segunda o tercera clase, no vale la pena insistir. No me he hecho ilusiones; es lo que es: limpia, honesta y, en algún momento, habrá sido más que eso, pero, en fin, no pasaré a la Historia como poeta. Supongo que si paso a la Historia será como un novelista que también escribió algún verso”.

João Céu e Silva, 
Uma Longa Viagem com José Saramago,
Porto Editor, Oporto, 2009


No creo que sea muy sensato estrenarme como cacareador contradiciendo a un gigante de la literatura, a un Premio Nobel como don José Saramago. Pero eso es lo que voy a hacer. Y lo haré, para no ser más temerario de la cuenta, elogiando su poesía desde mi experiencia de lectura. Así, mis aseveraciones serán irrefutables.

Para mí, Saramago ha sido siempre como un faro. Ese hombre serio y tranquilo era, en sí mismo, un ensayo sobre la lucidez en cada una de sus palabras. No pude evitar sentirme un poco más desamparado en el mundo cuando falleció. En cualquier caso, es probable que Saramago llevase razón cuando aseguraba que, si pasaba a la Historia por algo, sería como un novelista que también escribió algún verso. Pero... ¡qué versos, compañero! A modo de ejemplo, estos son los cuatro primeros versos de su poema “Voto”, perteneciente al poemario “Probablemente alegría”:

Cada verso una piedra. Que el poema
ha de ser más cimiento que muralla.
Que bajo la tierra se refuercen
las palabras, las minas y las fuentes.

Palabras como piedras, piedras para cimentar la realidad. Nunca palabras-piedra para dividir, aún más, este mundo loco con nuevas murallas. Si algo sobra hoy son murallas. Si algo falta, cimientos.

Otro ejemplo, también de “Probablemente alegría”, es este poema, “Paisaje con figuras”:

No hay mucho que ver en este paisaje:
campos alargados, ramas desnudas
de sauces y álamos encrespados:
raíces descubiertas que cambiaron
lo natural del suelo por el cielo vacío.
Aquí nos cogemos las manos y caminamos,
rompiendo nieblas.
Jardín del paraíso, obra nuestra,
somos aquí los primeros.

Un paisaje con las verdades al descubierto, descarnadas, sin disfraz ni camuflaje. Aunque duela. Las raíces al aire, abiertas al desasosiego del abismo. Un faro antiniebla rompiendo murallas. Un paraíso, en definitiva, que cada uno de nosotros construimos a nuestra medida, desde cero. Una vez más, esa plena lucidez saramaguiana estaba presente en sus versos. Esa lucidez que luego nos enamoró en sus novelas.



Siento contradecirte, amigo Saramago, pero no creo que tus versos sean de segunda o tercera clase. Y si lo fuesen, ¿qué más da? No siempre es necesario viajar en primera. Lo que realmente importa, al menos para mí, es lo que tus versos me han hecho sentir en más de una ocasión: probablemente alegría. O probablemente placer. Y, sin lugar a dudas, admiración infinita.


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